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Rubén Darío

El autor y su obra. Texto de Pedro Mendiola
Una vida galante.

«En la catedral de León de Nicaragua, en la América Central, se encuentra la fe de bautismo de Félix Rubén, hijo legítimo de Manuel García y Rosa Sarmiento». Con este apunte arranca La vida de Rubén Darío escrita por él mismo (1915). Olvida anotar el poeta, en un descuido de la memoria, que su nacimiento se produce realmente en la cercana población de Metapa, el 18 de enero de 1867.

La existencia ensortijada de Rubén, ha señalado el poeta Pedro Salinas, queda marcada por dos constantes: «son dos formas de embriaguez, la sensual y la alcohólica», que dan fe de «su natural constitución humana». Un temprano impulso viajero incita a Darío («y muy antiguo y muy moderno, audaz, cosmopolita») a recorrer buena parte de América, imponiendo a su vida un ritmo discontinuo y nómada.

Rafaela Contreras, Francisca Sánchez y Rosario Murillo, son las páginas centrales de su personal «herbier de plaintes saches», que marcan un tormentoso breviario sentimental de pasión, felicidad y muerte.

Reside durante un tiempo en El Salvador y en 1885 viaja a Chile, donde colabora con varios periódicos locales. De su estancia chilena son fruto varios libros entre los que destaca Azul en 1888. En Buenos Aires empieza a forjarse un nombre dentro del periodismo y la poesía a partir de 1890. Entra en contacto con la juventud literaria, Roberto J. Payró, Alberto Ghiraldo o Ricardo Jaimes Freyre con quien funda en 1894 la Revista de América, y con ellos se entrega a la «vida nocturna, en cafés y cervecerías». Colabora asiduamente en periódicos como La Nación de Buenos Aires y publica en 1896 Los raros y Prosas profanas y otros poemas.

El crucial año de 1898, enviado por La Nación, Darío está en España explorando las repercusiones del desastre español en Cuba («El triunfo de Calibán»; «El crepúsculo de España»). Allí conoce a Juan Valera, Salvador Rueda, José Zorrilla y a un joven maestro llamado Marcelino Menéndez y Pelayo. Recita versos en el salón de doña Emilia Pardo Bazán y vive la bohemia madrileña junto a Manuel Machado, Emilio Carrere, Eduardo Marquina y Alejandro Sawa, quien además le descubre las sorpresas del viejo París y le presenta a Verlaine en el café d'Harcourt del Quartier latin.

En los años siguientes desempeña diversos cargos diplomáticos y publica en Madrid Cantos de vida y esperanza (1905) y El canto errante (1907). México, La Habana, París, Barcelona, son las escalas del viaje final de Darío. En Nueva York cae enfermo y se retira a una hacienda de Nicaragua.

A las 10 de la noche del 6 de febrero de 1916 murió Darío a los 49 años de edad en León, la ciudad de su infancia. Frente a su distinguido cadáver de poeta desfilaron durante cinco días miles de personas. Queden como epílogo de su enardecida vida estas palabras escritas veinte años antes de su muerte:

«En verdad, vivo de poesía. Mi ilusión tiene una magnificencia salomónica. Amo la hermosura, el poder, la gracia, el dinero, el lujo, los besos y la música. No soy más que un hombre de arte. No sirvo para otra cosa. Creo en Dios, me atrae el misterio; me abisman el ensueño y la muerte; he leído muchos filósofos y no sé una palabra de filosofía. Tengo, sí, un epicureísmo a mi manera: gocen todo lo posible el alma y el cuerpo sobre la tierra, y hágase lo posible para seguir gozando en la otra vida».


Historia de sus libros.

«En un viejo armario encontré los primeros versos que leyera. Eran un Quijote, las obras de Moratín, Las mil y una noches, la Biblia, los Oficios de Cicerón, la Corina de Madame Stäel, un tomo de comedias clásicas españolas, y una novela terrorífica, de ya no recuerdo qué autor, La Caverna de Strozzi. Extraña y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño». Esta temprana pasión literaria que conserva viva la memoria del poeta, sea tal vez el lejano indicio de su precoz impulso creador: «¿A qué edad escribí los primeros versos? No lo recuerdo precisamente, pero ello fue harto temprano». Veleidades de poeta «triste y meditabundo», aquellos primerizos epitafios rimados que sus convecinos le encargaban para loar a sus difuntos o el lírico y ligero amor juvenil «de una muchacha que se llamaba Refugio», fueran acaso presagios de una biografía literaria en la que eros y thanatos mantendrían un continuado e íntimo diálogo.

Sus primeros versos aparecen publicados en un diario local llamado El Termómetro. Sin embargo, será al periodismo al que, apenas superada la niñez, dedique sus primeros esfuerzos creativos. Labor que principia en el periódico La Verdad, de la citada ciudad de León, donde publica artículos y crónicas de diversa índole, continúa en otros como La época o El Mercurio de Valparaíso, y culmina en La Nación de Buenos Aires. En este último periódico publica una serie de semblanzas sobre escritores y artistas que anunciaban «nuevas maneras de pensamiento y de belleza» que, más adelante, formaran parte de su emblemático libro Los raros (Buenos Aires, 1896). Allí, tras los nombres de Whitman y Verlaine, Edgar Allan Poe, Lautréamont, Valle-Inclán, Mallarmé, Leopoldo Lugones o el cubano José Martí, forja Darío la genealogía literaria de su cuantiosa prole de libros. Poseído de un poderoso instinto creador («yo nunca aprendí a hacer versos. Ello fue en mí orgánico, natural, nacido»), su frágil y refinado espíritu le hizo transitar sutilmente entre las cenizas de simbolistas, parnasianos y decadentes, en pos de una voz propia que, a decir de Mario Benedetti, se encuentra «en mitad de un largo viaje que arranca en Victor Hugo y llega, por ahora, hasta Neruda».


Azul... (1888), libro de poemas y cuentos escrito y publicado en Chile, es la primera revelación del amplio espíritu moderno de Darío, que un año antes había ya publicado Rimas y Abrojos. Este libro representa la primera tentativa por asimilar «al idioma español las cualidades plásticas, pictóricas y musicales del francés», experimentando con nuevas formas como el poema en prosa. Como en el relato «Un retrato de Watteau», el Darío de esta época es fragante y colorista y se entrevé a decir de Juan Valera, quien prologa la 2ª edición del libro, la mano delicada de los «Hugo, Lamartine, Musset, Baudelaire, Leconte de Lisle, Gautier, Bourget, Sully Proudhomme, Daudet, Zola, Barbey d'Aurevilly, Catulo Mendés, Rollinat, Goncourt, Flaubert y todos los demás poetas y novelistas».

Prosas profanas y otros poemas (1896) supone la consagración de la poética dariana. A pesar de la «sencillez y poca complicación» que declara Darío, poemas como «Ama tu ritmo...» o «Yo persigo una forma...» dan cuenta de la nueva estética, proclamando todas las novedades conceptuales y formales de la poética modernista. Un renovado lenguaje fundador de nuevos universos creativos. Crear: como única y primera ley del verdadero creador.

«Si Azul... simboliza el principio de mi primavera, y Prosas profanas mi primavera plena, Cantos de vida y esperanza encierra las esencias y savias de mi otoño». Tras el exteriorismo de sus libros anteriores, en éste de 1905, sus versos se vuelcan decididamente hacia «El reino interior». Se acentúa el tono personal y filosófico en composiciones como «Yo soy aquel que ayer no más decía» o «Lo fatal». Se vislumbra también la conciencia de ser americano, de vivir en una América española «que tiembla de huracanes y que vive de Amor».

En El canto errante (1907), cuyo prólogo está dedicado «a los nuevos poetas de las Españas», reclama Darío la importancia de la labor del poeta en el mundo moderno. Este libro resume los que habían sido motores poéticos de sus libros anteriores, matizando algunos y reafirmándose en todos.

Tras Poema del otoño y otros poemas (1910) y Canto a la Argentina y otros poemas (1914) y algunas recopilaciones de crónicas políticas y apuntes de viaje, culmina providencialmente su producción literaria con un título que, publicado el mismo año de su desaparición, encierra el sentido de toda su obra: Y una sed de ilusiones infinita.


Breve semblanza del modernismo hispanoamericano.

«No hay escuelas; hay poetas», había declarado el vate nicaragüense. No obstante, tras los pasos de José Martí, Julián del Casal, Manuel Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva, es clave la figura del gran Rubén para dar fe de vida al llamado modernismo hispanoamericano, cuya «acrática estética», proclama José Enrique Rodó, es expresión del «anárquico idealismo contemporáneo». Sus límites temporales abarcan desde 1882 hasta 1932, aproximadamente.

Tildado de extravagante, obsceno, degenerado y enfermizo, este movimiento literario y artístico huye de los dogmas institucionales del dieciocho, y promulga una profunda renovación estética en la cual la belleza del arte («la musique avant toute chose», había proclamado Verlaine) fuera única y verdadera soberana. Su objetivo es promover el progreso intelectual de América, «volando al porvenir, dando novedad a la producción, con un decir flamante, rápido, eléctrico, nunca usado, por cuanto nunca se han tenido a la mano como ahora todos los elementos de la naturaleza y todas las grandezas del espíritu».

El principio de universalidad, la exquisita sinestesia, la evasión, el exotismo de ambientes y lugares, y un erotismo nuevo y misterioso de princesas y de ninfas: claves temáticas de un sentimiento de libertad artística regido «por simbolismo y decadencias francesas, por cosas d'Annunzianas, por prerrafaelismos ingleses y otras novedades de entonces, sin olvidar nuestros ancestrales Hitas y Berceos, y demás castizos autores»: ídolos de porcelana, lugares comunes de anticuario, a los que el furor renovador de la vanguardia quiso más adelante retorcer violentamente el cuello.


Fuente: Pedro Mendiola Oñate, Licenciado en Filología Hispánica en la Universidad de Alicante, en Biblioteca Nacional de Chile

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