Biografía de Escritores Argentinos Headline Animator

Todas las formas del triángulo:

Estábamos acodados en la barra del bar, tomándonos un vino, cuando comprendí con asombrosa claridad que lo único que me unía a aquel hombre era que, meses atrás, se había acostado con la mujer de mi vida. No es que yo le odiara, ni nada por el estilo, simplemente supe que lo único que esperaba de él era que, en algún momento se animara a revelarme aquellos detalles que tanto daño me iban a hacer pero que, por otra parte, alimentarían mis sueños durante mucho tiempo.
Por eso llevaba los últimos tres meses invitándole a vinos, con el convencimiento de que la costumbre y el alcohol terminarían por hacer maravillas. Ella tenía tres hijos, unas piernas preciosas y una forma de hablar que me iba a enloquecer. Pero, lo peor de todo, también tenía un marido y ese era mi hermano. Todos aquellos detalles invitaban a creer que yo no podría soportar el enterarme de que ella había terminado por revolcarse en la cama de mi socio. Sin embargo, no sólo no enloquecí, sino que incluso me alegré de que alguien se hubiera atrevido a intentar lo que yo llevaba deseando casi toda la vida y no haría nunca.
Le pedí otra ronda al camarero y Jorge cogió su copa e hizo un amago de brindis antes de llevársela a la boca. Ella iba a cumplir los treinta y cinco y seguramente se había ido con él a la cama para sentirse jóven y seductora todavía. Resulta complicado sentirse seductora entre pañales y niños exigentes, y ella había buscado la manera de reflejar su imagen más sexi en los ojos de alguien. Nunca se había fijado que, en los mios, siempre había aparecido perfecta y que cada vez que acariciaba a los niños, a mis sobrinos, soñaba con que eran mios. Mi socio, en cambio, lo tuvo todo más fácil. Sólo se dejó llevar por su melena morena y por la intimidad de aquella cena en la que los dos coincidieron sin haberlo propuesto.
Fué fácil enterarme. Sólo tuve que mirar en su correo electrónico y observarles de lejos. Al principio, quise fantasear con la idea de que ella había ido a él porque le parecía pecado haber ido hacia mí. Pero resulta imposible imaginar que alguien te desea desde los brazos de otra persona durante mucho tiempo. Cuando soñaba con ella estábamos muy cerca y me acariciaba con los ojos y, algunas veces, me arrastraba. En cambio, frente a ella, yo me volvía muy torpe y nunca conseguí decirle nada que sonara mínimamente inteligente.
Mañana me iré de la oficina más pronto porque tenemos una celebración familiar y tengo que recoger algunas cosas.
Dales recuerdos a todos- me dijo Jorge. Y yo sabía que quería decirme “Dale recuerdos a Amira y dile que tengo ganas de volver a besarle todo el cuerpo”. Por supuesto que no le diría nada. Aquella sería mi pequeña venganza. El no mantenerles conectados por nadie ajeno a ellos.
Podía empezar a hablar del trabajo de mi hermano o, incluso, de los niños y dirigir el tema hacia el cumpleaños de Amira y como las mujeres mejoran con la edad. Pero tenía pánico. Pánico de no poder contenerme o poner cara de imbécil. Pánico de que mi socio, a pesar de que tenía menos intuición que una mula de feria, comprobara que yo me habría encerrado en aquella fantasía sin futuro.
Pero era irremediable. Después de tantos vinos y como nos había ocurrido tantas noches, Jorge me invitó a su casa y yo acepté. Acepté convencida de que con él tendría el roce de la piel de Amira entre los dedos, convencida de que ya no viviría una historia de amor como la que llevaba esperando desde los quince años, más que en mis fantasías. Segura de que él no sabía por qué había empezado a atender sus demandas amorosas, hacía en torno a tres meses, después de que él llevara más de diez años intentando conquistarme. Parapetada en su seguridad de que yo había descubierto su historia con mi cuñada y que el miedo a perderle, me había hecho accesible.


Pero también angustiada ante la idea de comprometerme al fin con él y que, dentro de veinte años, Jorge ya no recordara la postura exacta en la que penetró a Amira de la misma manera en que me penetraba a mí. Y, entonces, yo dejaría de ser ella. Dejaría de ser nadie.


de Idoia Saralegui

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