Biografía de Escritores Argentinos Headline Animator

El obrero del tiempo

Se abre de piernas la vida y de sus entrañas nace el día. Frescura de verano se cuela por el mosquitero y da pelea a una primavera que se resiste a ser olvidada. Me llega esta frescura, mezcla de frío y bravura de un día que avizora humedad suprema. Nunca comprenderé porqué el clima intenta rutinariamente engañarnos: un lunes de diciembre amanece fresco con rayos de sol abrumadores y vivaces pero una brisa penetrante lastima las cavidades de la nariz. No lastima como en un lunes de julio donde una bufanda, actuando de filtro, es imprescindible. Lastima como el dolor en dientes sensibles cuando se toma un helado o pisar la piedrita del patio por andar descalzo. Este fresco de verano inquieta, interrumpe, impacienta, lastima como algo que no se espera en un lunes de diciembre; como lo imprevisible.
Poco soportando “el fresco”, pienso calzarme la campera de jean. Me mira ausente y me implora con ojos de niña subversiva que no la use. “Hoy no, estoy molida”, parece decir. Le respondo, con ojos de déspota enajenado, que “aquí se hace lo que yo digo y nada de mariconeadas”. Lo cierto es que es mi campera favorita y, por ello, la más ajada. Cuando roza mi cuerpo, me siento libre. Libre porque es mi elección seguir usando un trapo viejo, siendo indiferente a modas actuales, y porque mi cuerpo respira y espía al mundo a través de sus hendiduras.
Con la bicicleta en mano y las horribles ganas de comenzar la semana temprano en los huesos, retomo la calle merlense como cada mañana. Aunque no “como cada mañana” sino “como cada mañana de lunes”: llevando el sábado y domingo a cuestas. Este último fin de semana realmente pesaba sobre mis hombros. Eran kilos de fútbol del sábado por la tarde, kilos de Quilmes del sábado por la noche, kilos de sexo dominguero, kilos de ravioles, masitas y mates, algunos gramos de charlas – chismes – familiares del domingo al mediodía y kilos de fútbol por la tarde-noche. Un “finde” tipo, de un merlense tipo, de un “argento” tipo.
Montaba en la bici con el manubrio recto de Mountain Bike (el cual impedía que mi cintura y espalda formaran un ángulo de 90º con respecto al caño que nace del manubrio y se une al asiento – el ángulo real era menor); pies (zapatillas “Ardidas”) en pedales tuertos y ojos de gato amarronados, mirando oblicuo. Cada esfuerzo inconsciente de los izquiotibiales restaba metros para mi llegada a la fábrica. Algunas mañanas, éste no era el caso, concientemente le aflojaba a la pedaleada pero debía recuperar terreno cuando me asomaba cauto al reloj. Me resignaba al advertir la esclavitud a la que estamos sometidos: no hablo del trabajo en la fábrica, consecuencia neta y material de las ansias de productividad para el enriquecimiento individual de un capital inversor, sino del mismísimo tiempo. Si mi tarjeta demostrase que mi arribo fue posterior (o igual) a las 8 a.m., el presentismo (llámese $70 extra) se discriminaría de mi sueldo. Soy esclavo del tiempo que me imposibilita ver más de una hora de sol. Lo encuentro en la bicicleteada matutina (durante 20 minutos) y en la bicicleteada de retorno diurna (cuando la estrella – la única estrella que añoro – regresa triste y paulatinamente a su morada).
“Leyes anti-esclavitud”, “siglo XXI”, “derechos humanos” son conceptos que sobrevuelan entre mis neuronas mientras pedaleo derecho y humeando. “¡Esclavo del tiempo! ¡No soy un súbdito de mi empleador y de su paupérrima paga; soy netamente martirizado por las manecillas castrenses del reloj!”. Al terminar esta frase en mis pensamientos, percibí que algo estaba acaeciendo: un sentimiento insurrecto me abrigaba desde adentro, cual sábana invisible. Tensioné los muslos, subí mi velocidad, insté a mis músculos de la espalda a enderezarse, solté el manubrio y recorrí dos cuadras de ruta. Esta acción fue el preámbulo necesario para poder utilizar ambas manos. Tomé la malla del reloj, desarticulé el encastre y liberé mi muñeca izquierda que se ofrecía al servicio del tiempo opresor. En un instante de ceguera de mis sentidos pero, al mismo tiempo, de inquietante lucidez y emotividad alegórica, cruzando el riachuelo, lo arrojé. Lo dejé caer, lo invité a volar. La estrella de crestas rubias me encegueció, allí donde se junta con la margen creando un horizonte artificial de cemento. ¡La margen de cemento! ¿Hasta en la margen de un riachuelo metió mano la humanidad? ¡Esa anárquica y estoica figura que es la naturaleza retocada por una prolijidad destructiva!
Me sentí despojado, ultrajado, violado por mí mismo. Por el otro yo-mismo inconsciente que desacreditó a este yo (¿conciente?) que ahora sentía nacer desde el estómago ríos de agua salada en ebullición. La bicicleta chilló. Me hospedó la banquina. El volcán cambió lava por agua salada en ebullición y entró en erupción por mis ojos. Me impidieron – como espesa neblina en una ruta – divisar la caída del objeto que segundos atrás vestía mi muñeca. Funcionaron, mis ojos, como empleados asalariados de mi otro yo, el que planificó la ruptura, puesto que me impidieron verlo por última vez, despedirlo. Nada podría haber hecho si lo hubiera visto flotando. Sin embargo, en ese lúgubre momento, creí que si lo hubiera visto morir, ahogarse o flotar manco, me habría hecho sentir más aliviado.
Los minutos que transcurrieron pos-pérdida pueden sintetizarse como en escenas de una película de Carlitos Chaplín – porque así es como los recuerdo: fiché 8.04 a.m. (al final del mes me descontaron el presentismo); 9.07: cuando mi concentración urgía contabilizar tapas de dentífrico, mi empleador me reclamó en su oficina.
-¿Por qué llegó tarde Jiménez?, me increpó, fusilándome con los ojos.
- Ppp…po…porqueee…, tartamudeé.

Sumado a esto, giré mi muñeca en un acto reflejo y busqué el reloj para justificarme. Tal fue mi sorpresa y la de él al ver mi brazo estéril. Entonces fue cuando alcé la mirada pesadamente y tomé aire para explicar. Sin embargo, me topé con un par de ojos inquisidores y ofuscados. Mi estómago, como consecuencia, entró nuevamente en ebullición. El jefe descargó su artillería pesada:
-¿Usted me está cargando, Jiménez?
La ebullición avanzaba. Mi faringe y, posteriormente, cavidad nasal descubrieron el cosquilleo revolucionario ascendente. Luego, amenazó definitivo con armas de destrucción masiva:
-¿¡Dónde está su reloj Sr. Jiménez!?
Erupción ocular.



de Franco A. Krí
Lugar: Argentina
Edad: 24 años



Página web creada por su participación en Letra Universal

No hay comentarios:

Buscar por título o Autor

Búsqueda personalizada