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El Testamento

Tenía los pies helados, mientras su cuerpo se quemaba en ese fuego lento, sin llamas, cuyo resplandor, sin embargo, lograba ver por momentos, cada vez que abría los pesados párpados. Los diablos entraban y salían formando pequeños grupos para observarlo y decir algo respecto de él. Estaban vestidos como para salir de fiesta, con las caras pintadas y fumaban, y hablaban con naturalidad como si nada estuviera ocurriendo, como si a él no le pasase nada, o como si el asunto no fuera de importancia. Y no se decidían a actuar, a tomar una decisión. Simplemente, se movían y saltaban, gozosos de ver que sus pies permanecían colgados por entre las nubes pálidas. No le permitían rezar ni invocar a Dios, porque cada vez que pretendía llamarlo se olvidaba de su nombre y decía "dio" o "día" o "diablo" o alguna otra palabra absurda que nada tenía que ver con el Creador. Blasfemaba en vez de invocarlo. Y era entonces cuando se reían y se burlaban de él formando una especie de coro con voces atipladas, diciéndole: "Viejo cabrón, ¿cuándo te mueres?". Él les contestaba:

"¡Cállense bellacos!", pero sin la menor intención de hacerlo, pues solamente lo pensaba. Pero sus pensamientos se convertían en palabras que le salían de la boca con un vómito espeso y amarillo que le mojaba el pecho y olía a infiernos. Entonces lo dejaban descansar y se alejaban por eternidades, quedándose él tan solo y abandonado que los llamaba a gritos para que volviesen. Mas ellos ya estaban danzando en el salón con el radio a todo volumen y no lo escuchaban y dejaban que se siguiera consumiendo en ese fuego cada vez más ardiente, sin cubrirle los pies que él tenía conciencia de que eran muy blancos y que se estarían haciendo más transparentes y más hinchados al congelarse, con las venas varicosas, más azules o más moradas o negras por la gangrena.

Y la sed lo devoraba, pero no tomaba nada de la gran paila, porque él sabía muy bien que no era agua, sino un líquido nauseabundo donde moraban sabandijas y serpientes venenosas que le sacaban la lengua cada vez que extendía trabajosamente el cuello para ver el contenido del recipiente que a veces cambiaba de forma para engañarlo y se convertía en su bacinilla, pero enorme y fétida, con los excrementos flotantes en una orina sanguinolenta.

Y no comprendía cómo era posible que de sus poros no brotase sudor alguno, un sudor frío que le hubiera aliviado del sufrimiento de tener que soportar ese calor imposible, igual al de las profundidades de las cavernas llenas de escorpiones que ahora le picaban las piernas, le andaban por la espalda o se le metían en los pulmones perforándoselos y haciéndole toser.

Entre tanto su mujer croaba, movía las grandes nalgas cuyo color rojizo recordaba vagamente y gesticulaba, pero a ella no quería pedirle ayuda porque estaba dentro de todo eso. Confabulaba infamemente, abusaba de su impotencia y quería que le mataran, puesto que él había logrado escucharla, gracias a su oído que se había afinado tanto, que podía percibirlo todo a través de las paredes y desde arriba, desde la inmensidad del espacio, en donde solía flotar con los pies balanceándose como los de un ahorcado, solitarios en medio del cosmos y cansados, pies de caminante.
Oía lo que decía de él el doctor con su voz gangosa y pausada, de sucia importancia (limpiándose los lentes indispensables para darse tono, viéndolos al trasluz y examinando sus cristales como si fueran raras piezas arqueológicas, que luego llevaría hasta su boca para echarles vaho y volverlos a limpiar delicadamente), que su agonía iba a prolongarse y que ya poco o nada quedaba por hacer, pues a un octogenario recién operado de la próstata, con un corazón debilitado, solo podía darle vida artificial mediante sueros y oxígeno, hasta que se extinguiese consumido por las llamas infernales que pronto vería surgir, pues ahora se daba perfecta cuenta de que se hallaba ante las puertas del Averno, que por alguna razón no se abrían de una vez por todas, y a ello se debía ese calor insufrible.

Y él sin poderles decir que hagan algo, que llamen al confesor para que lo auxilie e impida que lo arrastren por esa puerta, la Gran Puerta. Que tengan piedad de él, cuya muerte esperaban ansiosos, hablando siempre del testamento con su yerno que gritaba furioso, acusándole de viejo fanático y miserable y cuya indignación ponía histéricos a todos, especialmente al abogado, que afirmaba a gritos que el documento no tenía validez legal, porque podía probarse que los curas se lo arrancaron en artículo mortis, aprovechándose villana y osadamente del cretino del testador y que enjuiciaría a toda la comunidad barbona y ventruda, ya que sólo un milagro podía hacer reaccionar al viejo estúpido, para obligarle a revocar las disposiciones testamentarias conforme a derecho, aunque el médico no daba esperanza alguna.

Cuando eso que no eran arañas, sino sombras de brujas encaramadas en el tumbado, se movían, se arrastraban, proyectándose a la pálida luz de la lámpara (aparecían furtivamente con sus grandes patas peludas, se detenían para mirarlo, movían la cabeza y luego se cobijaban en la oscuridad) estaban a punto de lanzarse sobre él, entró su mujer que era un loro -rara avis in terris- que ella había comprado para atormentar a su gato llamado Congo, con el que se había retratado teniéndole en los brazos para mentir a sus amigos que era un pequeño tigre que cazó en un inexistente e imposible safari africano, y al que ella odiaba y hacía picar con el loro, entró y se plantó junto a la cama para mirar su agonía sonriéndole con el pico siniestro y moviendo la emplumada cola de lindos colores para que se la acaricie el joven Patricio -su amante de turno- de quien ella afirmaba que era un pariente pobre, al que tenía que proteger para que culminase su carrera, aunque él sabía muy bien que no era más que un truhán que le bebía el whisky que la vieja a él le mezquinaba y que también le fumaba sus cigarrillos, a los que tenía que esconder tras la maceta donde crecía la gran enredadera cuyos tentáculos ahora le iban apretando el cuello, asfixiándolo con calculada lentitud, como si obedecieran al ritmo del tango que salía de la radio a danzar a los pies de su cama, con un ser cuadrúpedo y bicéfalo que formaba dos cuerpos y uno a la vez, contorneándose y uniendo las horribles bocas de las que salía la canción que él trataba de recordar porque se la sabía de memoria, pues era la que su mujer cantaba todos los días a la hora en que el paisaje se hundía suavemente en un cielo sin esperanzas, gris y sucio, angustiado.

Su mujer, con una garra de uñas pintadas de rojo, le tocó la frente y como la garra estaba fría como un témpano, sintió un gran alivio por unos instantes que hubiera querido se prolongasen eternamente, aunque el miedo, más fuerte aún que la necesidad de sentir ese momentáneo placer, lo impulsaba a tratar de defenderse metiendo la cabeza calva entre las sábanas. Pero ella, con una voz insinuante, maliciosamente amable, le susurró al oído: "Cambia el testamento, querido, Dios te ha de recompensar".

Era la primera vez que escuchaba la palabra Dios y sintió una gran ansiedad, porque le parecía que Él podía estar cercano, dispuesto a cambiar su terrible designio, deseoso de salvarlo de la condenación eterna y con un tremendo esfuerzo quería decirle sí a su mujer, moviendo la cabeza de arriba abajo; mas, con desesperación sentía que ésta se movía de derecha a izquierda en signo negativo, sin que él pudiese controlarla, ni detener ese absurdo balanceo convulsivo e insistente. Su mujer dio un grito y arrancado el crucifijo de la cabecera de su lecho, comenzó a llorar y a apartarse de él, luego de haberle quitado para siempre la protección Divina, dejándolo inerme, alejado del Salvador y en medio de demonios danzantes.
Además, lo acusaba con la mirada (sólo con la mirada llena de rencor), de viejo curuchupa, mendaz y fetichista que pretendía tener cercano el rostro del Señor para justificar así sus puercos vicios, sus crueldades y avaricia.
¡Oh pecador!, dueño de esa casa maldita donde nunca hubo más que rencor, lascivia y amor incestuoso entre ella (la adúltera), que lo traicionaba con el joven Patricio y con su yerno, con el diputado con nombre de pájaro, con aquel capitán de bigotillo negro y caderas de mujer, con el abogado joven número uno y el joven número dos, abogado, que ahora estaba empeñado en modificar su testamento. Mucho de todo esto ocurrió antes, quizá veinte años antes del infierno presente e intangible, al que se estaba acercando poco a poco, navegado como en un mar oscuro donde los allí presentes halaban una cuerda cuyo lazo iba apretando su cuello lenta, pausadamente, produciéndole un dolor insoportable en la garganta y en el pecho, mientras sus pies flotaban más fríos que nunca en el espacio.

de Riofrio Nicolás Kingman
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