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Atardeció sin ti

de Antonio Gala

Atardeció sin ti. De los cipreses...
a las torres, sin ti me estremecía.
Qué desgana esperar un nuevo día
sin que me abraces y sin que me beses.

A fuerza de tropiezos y reveses
la piel de la esperanza se me enfría.
Qué agonía ocultarte mi agonía,
y qué resurrección si me entendieses.

Atardeció sin ti. Seguro y lento,
el sol se derrumbó, limón maduro,
y a solas recibí su último aliento.

Quién me viera caer, lento y seguro,
sin más calor ni más resurgimiento,
gris el alma y frustrada entre lo oscuro.

Enemigo íntimo

de Antonio Gala

Hay tardes en que todo
huele a enebro quemado
y a tierra prometida.
Tardes en que está cerca el mar y se oye
la voz que dice: "Ven".
Pero algo nos retiene todavía
junto a los otros: el amor, el verbo
transitivo, con su pequeña garra
de lobezno o su esperanza apenas.
No ha llegado el momento. La partida
no puede improvisarse, porque sólo
al final de una savia prolongada,
de una pausada sangre,
brota la espiga desde
la simiente enterrada.

En esas largas
tardes en que se toca casi el mar
y su música, un poco
más y nos bastaría
cerrar los ojos para morir. Viene
de abajo la llamada, del lugar
donde se desmorona la apariencia
del fruto y sólo queda su dulzor.
Pero hemos de aguardar
un tiempo aún: más labios, más caricias,
el amor otra vez, la misma, porque
la vida y el amor transcurren juntos
o son quizá una sola
enfermedad mortal.

Hay tardes de domingo en que se sabe
que algo está consumándose entre el cálido
alborozo del mundo,
y en las que recostar sobre la hierba
la cabeza no es más que un tibio ensayo
de la muerte. Y está
bien todo entonces, y se ordena todo,
y una firme alegría nos inunda
de abril seguro. Vuelven
las estrellas el rostro hacia nosotros
para la despedida.
Dispone un hueco exacto
la tierra. Se percibe
el pulso azul del mar. "Esto era aquello".
Con esmero el olvido ha principiado
su menuda tarea...

Y de repente
busca una boca nuestra boca, y unas
manos oprimen nuestras manos y hay
una amorosa voz
que nos dice: "Despierta.
Estoy yo aquí. Levántate". Y vivimos.

Soneto de la Zubia

de Antonio Gala


Tú me abandonarás en primavera,
cuando sangre la dicha en los granados
y el secadero, de ojos asombrados,
presienta la cosecha venidera.

Creerá el olivo de la carretera
ya en su rama los frutos verdeados.
Verterá por maizales y sembrados
el milagro su alegre revolera.

Tú me abandonarás. Y tan labriega
clareará la tarde en el ejido,
que pensaré: Es el día lo que llega.

Tú me abandonarás sin hacer ruido,
mientras mi corazón salpica y juega
sin darse cuenta de que ya te has ido.

Sus ojos

de Marcelino Menéndez Pelayo

Canción

Cien veces los miré, mas nunca supe
Cuál era su color; fijos los míos
En su lumbre, contentos se anegaban,
Y al parecer veïan;
Pero el alma sedienta penetraba,
A través de las formas veladoras,
En busca del recóndito sentido,
Como busca el teósofo,
Signada en piedras, plantas y metales,
La huella del Señor; letras quebradas
Que anuncian su poder; cifra del nombre
A lengua terrenal siempre vedado.
No sé si azules son, garzos o negros.
Quede a vulgares ojos
El reflejar la luz del mediodía,
De bullidores átomos enjambre,
O la niebla del norte,
De graves pensamientos compañera,
Y de recio sentir inspiradora
Porque en los ojos de la amada mía
No se reflejan las terrenas cosas,
Sino sus arquetipos,
De perfección radiantes y hermosura,
Y aquella luz más alta e increada
De las puras ideas.

Ideal de virtud, de ciencia y gloria,
Sueños alegres de mi mente joven,
Visiones del Cantábrico Oceano,
Roto jirón de niebla,
Que en las tardes de otoño me traías
Mil vagas sombras y flotantes coros,
Por divina manera congregando
Lo que en los libros vi bullir y alzarse,
Lo que difuso en la materia vive,
Y aquella esencia más sutil y pura
Que sobre la materia y sobre el libro
Mi espíritu insaciable adivinaba.

Ella en tus ojos arde,
Ignota al vulgo, pero a mí patente;
Por eso, al contemplarlos,
No vi el color ni percibí la línea,
Y me embriagué de célica hermosura,
Y sentí rumor de alas
Que, en torno a mi cabeza,
El demonio socrático movía.

En otros ojos leo
La historia del amor en cifra breve;
La blanda luz de la pasión que nace,
Y las serenas horas
En que dos almas, sin hablar, se entienden;
La interna llama que potente cruje,
Y arde en las venas y a la lengua asoma;
El hervidor afán, la inquieta mente,
La voz primera que el amor declara,
Alma con alma confundidas luego,
Y al fin la negra sombra
Que envuelve al alma viuda y desolada,
Al espirar de la ruidosa tarde.

Pero en los tuyos, el amor perenne,
Algo que en mí despierta
Mezcla de amor y religioso culto,
Cielo sin nubes, devoción tranquila,
Que a recordar me lleva,
No ya la vida exuberante y varia
Que brota de los pechos inexhaustos
De la madre común Naturaleza,
Perpetua en el mudar de sus amores,
Sino la sacra y mística Teoría (11)
Que forman las ideas
Eternas, inmutables,
Girando en torno a la Verdad Suprema.

Y no sólo la flor de la hermosura
En ti difunde su sagrado aroma;
No sólo me apareces
Una en la esencia, en formas inexhausta;
No sólo se revisten
En ti de gallardísima figura,
De nueva claridad por ti bañadas,
Las hijas de mi indócil fantasía:
Ora la noble dama montañesa
Su palafrén rigiendo,
Para imponer al valle su tributo;
Ora la ninfa griega
Que anima el soto y en la fuente ríe,
O hace correr la savia
Por el tronco gentil a que se enreda,
Del prolífico amor presa y vencida;
Sino que el rayo de tus dulces ojos
Es impulso inicial de mi albedrío,
Germen de soberanas fantasías,
Alto señuelo a mi ambición de fama,
Horno do se caldea
El metal en fusión del pensamiento,
Piedra quilatadora
Donde el sentir y el entender se prueban;
Raudal de frescas aguas
Que dan entendimiento de hermosura.
Quien aplicó su labio a tal corriente,
¿Qué sabor no hallará triste y amargo?
¡Cieguen los ojos que tu rostro vieron,
Si han de mirar de otra mujer los ojos!


Abril de 1880.

Nueva primavera

de Marcelino Menéndez Pelayo

Brote del labio lo que el pecho siente;
Rompa su cárcel el interno fuego
Que nutrí con amor por tantos días,
Y devorando hasta el postrer rastrojo
Del seco campo de mi amor perdido,
Inflame el pensamiento
Con nueva luz, de dichas precursora,
Y el mundo del espíritu convierta
En realidad radiante de hermosura.

¡Cuánto tiempo pasó, sin que lograsen
En el centro del alma resonancia
Los himnos del placer y de la vida!
Y en la región de sombras encantadas
Y de flotantes sueños y quimeras,
¡Cuánta niebla veló la alzada cumbre!
¡Qué brava tempestad tronchó las flores!
¡Cómo enturbiaba su caudal el río!

Hoy siento que la vida
Llama a mis puertas en alegre coro;
Hoy reverdece mi esperanza muerta,
Hoy se agolpa en tropel mi hirviente sangre
Por un filtro genial vigorizada;
Hoy tienen para mí caricias nuevas
Las fuentes y las auras y las flores;
Hoy despierta mi espíritu abatido,
Más fuerte tras el duelo y la derrota,
Como retoña secular encina,
Cobrando esfuerzo doble
Del hierro mismo que mutila el tronco.
Dejadme bendecir la mano amiga
Que limó mi asperísima cadena;
Si aire de libertad de nuevo inunda
Mis sedientos pulmones,
Si aún puedo levantar la hundida frente,
Si aún soy señor de mí, dádiva es suya;
Suyo el recio valor que ella me infunde
Con la miel de sus labios persuasivos,
Y con el blando, irresistible freno
De su elocuente y clara inteligencia;
Ella me rescató, por ella aliento;
Dejadme que la rinda
Como triunfal despojo mi albedrío.

Nunca amé de esta suerte; ¿y quién negara
Admiración y amor a su hermosura?
Belleza no de estatua
En su divinidad alta y serena,
Mármol que extingue en castas desnudeces
El más osado impulso del deseo,
Sino belleza irresistible, humana,
Que no impera tan sólo
En las líneas del torso peregrino.
Ni se detiene en la gentil cabeza,
Ni en los anillos de la forma muere;
Halago que traspira
De su voz, de sus ojos, de sus venas,
De las místicas rayas de su mano
Y aun del ambiente mismo en que se mueve.

¡Oh, cuántos años de mi vida diera
Por respirar tan encantado aroma,
Por vivir de esa luz y de ese fuego!
¡Quién confundiera nuestras vidas juntas
Como dos gotas de la misma fuente,
Como dos cuerdas de la misma lira!
¡En su cauce orgulloso
Cuál resonara el pensamiento mío,
Si a acrecentarle con amor bajaran
De su espíritu egregio los raudales!
¡Qué mundos se abrirían
Ante mis ojos en los ojos suyos!
De oro y azul estancias fabulosas,
Nunca soñadas de alarife moro,
Alcázares de gnomos y de silfos,
Escondidos talleres
Donde el martillo de los genios suena,
Trémulos lagos donde hierve el oro,
Y un sol que centuplica sus ardores
Sobre el mezquino sol de nuestra esfera,
E infunde en nueva tierra y nuevos cielos
Una oculta virtud germinativa,
De nueva creación producidora.
Y a la luz de ese sol yo acertaría
A perpetuar tu nombre en mis cantares,
Cual hembra castellana
Nunca ensalzada fue, como aún respiran
Las doctas hijas de la antigua musa,
Como en Tibulo, Némesis y Delia,
Como en Horacio, la gentil Glicera...
¡Ven a alumbrar mis vigilantes horas,
A ser la sal de mi desierta mesa!
Te contaré mil fábulas sagradas
De amores de los hombres y los dioses,
Cuanto tejió la griega fantasía
En la serena juventud del mundo,
Hasta que al suave y poderoso halago
De tanta juventud y tanta vida,
Sientas hervir tu sangre generosa
Caldeada por la llama del deseo.

Junio de 1882.

EL HONDO SUEÑO

de Jorge Guillén

Este soñar a solas... ¡Si tu vida
de pronto amaneciese ante mi espera!
¿Por dónde voy cayendo? Primavera,
mientras, en tomo mío dilapida

su olor y se me escapa en la caída.
¡Tan solitariamente se acelera
-y está la noche ahí, variando fuera-
la gravedad de un ansia desvalida!

Pero tanto sofoco en el vacío
cesará. Gozaré de apariciones
que atajarán el vergonzante empeño

de henchir tu ausencia con mi desvarío.
¡Realidad, realidad, no me abandones
para soñar mejor el hondo sueño!

DESNUDO

de Jorge Guillén

Blancos, rosas... Azules casi en veta,
dos, mentales.
Puntos de luz latente dan señales
de una sombra secreta.
Pero el color, infiel a la penumbra,
se consolida en masa.
Yacente en el verano de la casa,
una forma se alumbra.
Claridad aguzada entre perfiles,
de tan puros tranquilos
que cortan y aniquilan con sus filos
las confusiones viles.
Desnuda está la carne. Su evidencia
se resuelve en reposo.
Monotonía justa: prodigioso
colmo de la presencia.
¡Plenitud inmediata, sin ambiente,
del cuerpo femenino!
Ningún primor: ni voz ni flor. ¿Destino?
Oh absoluto presente!

CIMA DE LA DELICIA

de Jorge Guillén

¡Cima de la delicia!
Todo en el aire es pájaro.
Se cierne lo inmediato
resuelto en lejanía.

¡Hueste de esbeltas fuerzas!
¡Qué alacridad de mozo
en el espacio airoso,
henchido de presencia!

El mundo tiene cándida
profundidad de espejo.
Las más claras distancias
sueñan lo verdadero.

¡Dulzura de los años
irreparables! ¡Bodas
tardías con la historia
que desamé a diario!

Mas, todavía más.
Hacia el sol, en volandas
la plenitud se escapa.
¡Ya sólo sé cantar!

AMOR DORMIDO

de Jorge Guillén

Dormías, los brazos me tendiste y por sorpresa
rodeaste mi insomnio. ¿Apartabas así
la noche desvelada, bajo la luna presa?
tu soñar me envolvía, soñado me sentí.

ADVENIMIENTO

de Jorge Guillén

¡Oh luna, cuánto abril,
qué vasto y dulce el aire!
Todo lo que perdí
volverá con las aves.

Sí, con las avecillas
que en coro de alborada
pían y pían, pían
sin designio de gracia.

La luna está muy cerca,
quieta en el aire nuestro.
El que yo fui me espera
bajo mis pensamientos.

Cantará el mi señor.
En la cima del ansia.
Arrebol, arrebol.
Entre el cielo y las auras.

¿Y se perdió aquel tiempo
que yo perdí?. La mano
dispone, dios ligero,
de esta luna sin año.

Stabat Mater Dolorosa

"Stabat Mater dolorosa
justa crucem lacrimosa".



Estaba la Dolorosa
junto al leño de la Cruz.
¡Qué alta palabra de luz!
¡Qué manera tan graciosa
de enseñarnos la preciosa
lección del callar doliente!
Tronaba el cielo rugiente.
La tierra se estremecía.
Bramaba el agua... María
estaba, sencillamente.



de José María Pemán

Dame tu mano, María

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.


Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.


Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel!


¿Dónde está ya el mediodía
luminoso en que Gabriel,
desde el marco del dintel,
te saludó: "Ave, María"?
Virgen ya de la agonía,
tu Hijo es el que cruza ahí.
Déjame hacer junto a ti
ese augusto itinerario.
Para ir al monte Calvario,
cítame en Getsemaní.


A ti, doncella graciosa,
hoy maestra de dolores,
playa de los pecadores,
nido en que el alma reposa,
a ti ofrezco, pulcra rosa,
las jornadas de esta vía.
A ti, Madre, a quien quería
cumplir mi humilde promesa.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada María. Amén.

de Gerardo Diego

Letrilla de la Virgen María esperando la Navidad

Cuando venga, ay, yo no sé
con qué le envolveré yo,
con qué.


Ay, dímelo tú, la luna,
cuando en tus brazos de hechizo
tomas al roble macizo
y le acunas en tu cuna.
Dímelo, que no lo sé,
con qué le tocaré yo,
con qué.


Ay, dímelo tú, la brisa
que con tus besos tan leves
la hoja más alta remueves,
peinas la pluma más lisa.
Dímelo y no lo diré
con qué le besaré yo,
con qué.


Y ahora que me acordaba,
Ángel del Señor, de ti,
dímelo, pues recibí
tu mensaje: «he aquí la esclava».
Sí, dímelo, por tu fe,
con qué le abrazaré yo,
con qué.


O dímelo tú, si no,
si es que lo sabes, José,
y yo te obedeceré,
que soy una niña yo,
con qué manos le tendré
que no se me rompa, no,
con qué.


de Gerardo Diego

Trasunto de cristal

!Trasunto de cristal,
bello como un esmalte de ataujía!
Desde la galería
esbelta, se veía
el jardín. Y María
virgen, tímida, plena
de gracia, igual que una azucena,
se doblaba al anuncio celestial.
Un vivo pajarillo
volaba en una rosa.
El alba era primorosa.
Y, cual la luna matinal,
se perdía en el sol nuevo y sencillo,
el ala de Gabriel, blanco y triunfal.
!Memoria de Cristal!


de Juan Ramón Jiménez

El hombre, Virgen te llama

El hombre, Virgen te llama,
y los arcángeles, bella,
y el mar te llama su Estrella,
con el huracán que brama.
Y el Espíritu, su Esposa,
y el Hijo te dice Madre,
y, ciego de amor, el Padre,
Hija te llama y hermosa.
¡Perdón! Yo no encontraría
en la ignorancia del hombre
ni una plegaria, ni un nombre
que presentarte, ¡oh María!


de José Zorrilla
En el libro "La Madona de Pablo Rubéns"

Zagala divina

Zagala divina,
bella labradora,
boca de rubíes,
ojos de paloma,
santíssima Virgen,
soberana Aurora,
arco de los cielos
y del sol corona:
tantas cosas cuentan
sagradas historias
de vuestra hermosura,
que el alma me roban;
que tenéis del cielo,
morena graciosa,
la puerta en el pecho,
la llave en la boca.


Vuestras gracias me cuentan,
zagala hermosa,
mientras más me dicen,
más me enamoran.


Dícenme que sois
de las tres personas
el trono divino
en que assisten todas:
que ya el Padre Eterno
hija suya os nombra,
el Hijo su madre
y el amor su Esposa,
que ya el vellocino,
de la tierra alfombra,
llloviendo las nubes
de perlas se borda:
que tenéis guardada
en vos una joya,
que de Dios el pecho
dignamente adorna,


Vuestras gracias me cuentan,
zagala hermosa,
mientras más me dicen,
más me enamoran.


Que tenéis la cara
como cuando llora
sobre blancos lirios
la mañana aljófar,
que sois nieve pura,
sobre quien deshojan
purpúereos claveles,
o encarnadas rosas.
Yo no sé quién sirve
hermosuras locas,
flores de la tierra,
que la muerte corta,
y deja de amaros,
divina Señora,
a cuya belleza
la luna se postra.


Vuestras gracias me cuentan,
zagala hermosa,
mientras más me dicen,
más me enamoran.


de Lope de Vega
De la obra Pastores de Belén

La Niña a quien dijo el Ángel

La Niña a quien dijo el Ángel
que estaba de gracia llena,
cuando de ser de Dios madre
le trujo tan altas nuevas,


ya le mira en un pesebre,
llorando lágrimas tiernas,
que obligándose a ser hombre,
también se obliga a sus penas.


¿Qué tenéis, dulce Jesús?,
le dice la Niña bella;
¿tan presto sentís mis ojos
el dolor de mi pobreza?


Yo no tengo otros palacios
en que recibiros pueda,
sino mis brazos y pechos,
que os regalan y sustentan.


No puedo más, amor mío,
porque si yo más pudiera,
vos sabéis que vuestros cielos
envidiaran mi riqueza.


El niño recién nacido
no mueve la pura lengua,
aunque es la sabiduría
de su eterno Padre inmensa.


Mas revelándole al alma
de la Virgen la respuesta,
cubrió de sueño en sus brazos
blandamente sus estrellas.


Ella entonces desatando
la voz regalada y tierna,
así tuvo a su armonía
la de los cielos suspensa.


Pues andáis en las palmas,
Ángeles santos,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.
Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto.
No le hagáis ruido,
corred más paso,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.


El niño divino,
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegar quiere un poco
del tierno llanto,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.
Rigurosos yelos
le están cercando,
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.


Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

de Lope de Vega

Oda XXI: A Nuestra Señora


Virgen, que el sol más pura,
gloria de los mortales, luz del cielo,
en quien la piedad es cual la alteza:
los ojos vuelve al suelo
y mira un miserable en cárcel dura,
cercado de tinieblas y tristeza.
Y si mayor bajeza
no conoce, ni igual, juicio humano,
que el estado en que estoy por culpa ajena,
con poderosa mano
quiebra, Reina del cielo, esta cadena.


Virgen, en cuyo seno
halló la deidad digno reposo,
do fue el rigor en dulce amor trocado:
si blando al riguroso
volviste, bien podrás volver sereno
un corazón de nubes rodeado.
Descubre el deseado
rostro, que admira el cielo, el suelo adora:
las nubes huirán, lucirá el día;
tu luz, alta Señora,
venza esta ciega y triste noche mía.


Virgen y madre junto,
de tu Hacedor dichosa engendradora,
a cuyos pechos floreció la vida:
mira cómo empeora
y crece mí dolor más cada punto;
el odio cunde, la amistad se olvida;
si no es de ti valida
la justicia y verdad, que tú engendraste,
¿adónde hallará seguro amparo?
Y pues madre eres, baste
para contigo el ver mi desamparo.


Virgen, del sol vestida,
de luces eternales coronada,
que huellas con divinos pies la Luna;
envidia emponzoñada,
engaño agudo, lengua fementida,
odio crüel, poder sin ley ninguna,
me hacen guerra a una;
pues, contra un tal ejército maldito,
¿cuál pobre y desarmado será parte,
si tu nombre bendito,
María, no se muestra por mi parte?


Virgen, por quien vencida
llora su perdición la sierpe fiera,
su daño eterno, su burlado intento;
miran de la ribera
seguras muchas gentes mi caída,
el agua violenta, el flaco aliento:
los unos con contento,
los otros con espanto; el más piadoso
con lástima la inútil voz fatiga;
yo, puesto en ti el lloroso
rostro, cortando voy onda enemiga.


Virgen, del Padre Esposa,
dulce Madre del Hijo, templo santo
del inmortal Amor, del hombre escudo:
no veo sino espanto;
si miro la morada, es peligrosa;
si la salida, incierta; el favor mudo,
el enemigo crudo,
desnuda, la verdad, muy proveída
de armas y valedores la mentira.
La miserable vida,
sólo cuando me vuelvo a ti, respira.


Virgen, que al alto ruego
no más humilde sí diste que honesto,
en quien los cielos contemplar desean;
como terrero puesto-
los brazos presos, de los ojos ciego-
a cien flechas estoy que me rodean,
que en herirme se emplean;
siento el dolor, mas no veo la mano;
ni me es dado el huir ni el escudarme.
Quiera tu soberano
Hijo, Madre de amor, por ti librarme.


Virgen, lucero amado,
en mar tempestuoso clara guía,
a cuvo santo rayo calla el viento;
mil olas a porfía
hunden en el abismo un desarmado
leño de vela y remo, que sin tiento
el húmedo elemento
corre; la noche carga, el aire truena;
ya por el cielo va, ya el suelo toca;
gime la rota antena;
socorre, antes que emviste en dura roca.


Virgen, no enficionada
de la común mancilla y mal primero,
que al humano linaje contamina;
bien sabes que en ti espero
dende mi tierna edad; y, si malvada
fuerza que me venció ha hecho indina
de tu guarda divina
mi vida pecadora, tu clemencia
tanto mostrará más su bien crecido,
cuanto es más la dolencia,
y yo merezco menos ser valido.


Virgen, el dolor fiero
añuda ya la lengua, y no consiente
que publique la voz cuanto desea;
mas oye tú al doliente
ánimo, que contino a ti vocea.


de Fray Luis de León

La noche santa




No la debemos dormir
La noche santa
No la debemos dormir


La Virgen a solas piensa
Qué hará
Cuando al Rey de luz inmensa
Parirá;
Si de su divina esencia
Temblará,
O que le podrá decir...


También piensa si le hable
En gran seso,
Por ser el Dios perdurable
De amor preso;
O si por hijo entrañable
Le dé un beso
Cuando le vea reír...


Deseaba esta Señora
Ver cuál era
La cara remediadora
De la tierra,
Que en su vientre se tesora
De manera,
Que es miraglo de sentir....


de Fray Ambrosio Montesino

A la noche

Lope de Vega

Noche fabricadora de embelecos,
loca, imaginativa, quimerista,
que muestras al que en ti su bien conquista,
los montes llanos y los mares secos;

habitadora de cerebros huecos,
mecánica, filósofa, alquimista,
encubridora vil, lince sin vista,
espantadiza de tus mismos ecos;

la sombra, el miedo, el mal se te atribuya,
solícita, poeta, enferma, fría,
manos del bravo y pies del fugitivo.

Que vele o duerma, media vida es tuya;
si velo, te lo pago con el día,
y si duermo, no siento lo que vivo.
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