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Jacinto Canek

La prisión

De cuclillas se encontraba el hombre, apoyado en la pared lóbrega de la celda. Sintiendo con las manos la frialdad indiferente y cruel de los barrotes que lo retenían, ajenos a su destino. Sintiéndose abandonado por el mundo entero, y con un futuro que solo mostraba negros y espantosos nubarrones.
Jacinto miraba su brazo izquierdo que estaba afianzado de los barrotes. Miraba su musculatura com si fuera ajena, sus arterias, la fuerza que poseían. Miraba a través de ojos sin brillo, con indiferencia, incapaz de urdir ningún plan de escape. ¡Era inútil!. ¡Ya todo había acabado! : El Movimiento. El apoyo de sus seguidores, quienes habían sido masacrados por los crueles soldados españoles al servicio de “su majestad” el virrey de la Nueva España. Mentalmente hizo una reverencia en mofa, luego, torció la boca.
Todo había acabado. La lucha. El sueño de libertad, de igualdad, de terminar con el opresor español venido de otras tierras. No quedaba nada…
Por su mente pasaban a ráfagas los recuerdos de los combatientes asesinados. Algunos muertos por una bala de cañón, otros con el rigor del sable. Todos con saña inaudita. Con esa saña que tiene el malvado contra quien sabe indefenso. Con la burla en la mirada, con el desprecio intenso que los hombres blancos sienten por los indios de esta tierra.
Gotas amargas de hiel resbalaban por dentro del pecho de este guerrero y le quemaban lentamente la garganta y todo lo ancho del pecho. Su mirada estaba fija en los barrotes, más él no estaba ahí, sino lejos…muy lejos… con sus hermanos de lucha. ¡Con los que se atrevieron a retar el poder español para exigir respeto, igualdad, compasión, humanidad!.
A pesar de todo, de sentirse encerrado, de haber visto la muerte de cerca, de haber por poco escapado a la misma, el hombre todavía no creía que los seres humanos pudieran ser tan crueles como lo habían visto sus ojos. ¡No podía ser que toda esperanza muriera!. La de ser tratado como persona y no como un simple “indio” a causa de el uso de las armas. ¿Acaso las armas pueden matar las ilusiones, las esperanzas, los sueños? ¿Acaso alguien tenía derecho a quitarle la vida a quien solo pretendía un mejor trato hacia su persona y hacia los suyos? Acaso el reconocer la dignidad de los indios les quitaba la propia? ¿Acaso la idea de que indios y blancos somos iguales es demasiado grande para que quepa en la cabeza de un español?
Nadie que lo viese diría que aquel hombre estaba alerta y consciente en esos momentos, pues su mirada fija, ausente, parecía la de un loco, un demente y porque la mantenía fija, imperturbable, sin parpadear, baja; y solo de vez en vez una lágrima suelta se fugaba por sus ojos y el hombre la dejaba correr, sin reprimirla, sin enjugarla, sin esconderla... Eran estas lágrimas saladas, llenas de tristeza, de una profunda amargura y de algo, algo diferente que no podía precisarse pero que se presentía valioso. Como si se fuese testigo de algo extraordinario que no acaba la mente de comprender.
El guardia pasaba haciendo sus rondas y el indio Jacinto seguía en la misma posición. Apoyado en la pared, de cuclillas, con la mano izquierda agarrando los barrotes de su celda oscura y con la mirada ausente. Algo tenía ese hombre que inspiraba admiración, respeto, y quizá algo de compasión, pues le quedaba poco tiempo de vida....
Quizá fueron sus pantorrillas entumecidas, quizá la costumbre de mantenerse en actividad, quizá fue simplemente el fastidio lo que hizo que el hombre cambie de posición. Recostado ahora en el piso frío de la celda, apenas una capa de aserrín lo separaba del suelo, aunque eso era lo que menos le importaba.
¿Qué habrá sido de los que huyeron junto conmigo a Sivac, a la sabana? ¿Cuántos se habrán salvado? Jacinto recordaba que se dejó atrapar precisamente para darle tiempo a sus seguidores a que huyeran, a que corran por sus vidas. ¿Cuántos habrán logrado salvarlas antes de que los cañones se las arrebataran?
¿Y cuántos pares de piernas quedaron separados de sus cuerpos en Cisteil, donde todo comenzó?
Los preparativos del combate fueron apareciendo como recuerdos en su mente, ausente de la celda. Las zanjas que los hombres del pueblo cavaron alrededor del parque para recibir a los soldados como se merecían. El entusiasmo que desprendían al saberse luchadores por su libertad era algo que lo llenaba de satisfacción. Sabía Jacinto que habían muerto felices pues estaban haciendo lo justo. Los hombres y mujeres de Cisteil no eran esclavos ni sirvientes, eran seres humanos con dignidad, y por esa dignidad que les arrebataba el español estaban entregando sus vidas, todo por la esperanza de conservarla y vivir con la frente en alto.
Las bromas que podían oírse mientras estos hombres cavaban las trincheras, las risotadas, las miradas llenas de chispa, todas eran señas de que algo más grande se cocinaba. No eran balas lo que les iban a arrojar a los soldados españoles, era una exigencia de respeto hacia su raza que nadie, desde hacia mucho, se había atrevido a hacer porque el precio era caro. Y era conmovedor el ver como toda esta gente, alegre, bromeando, conscientes de sus acciones, se preparaba a pagar el precio. ¡Jamás cuadro alguno fue tan hermoso como la imagen de estos hombres de campo preparándose a luchar por su libertad!.
El cuerpo de Jacinto estaba preso y era huésped forzado de su majestad el rey de España, sin embargo, el espíritu del hombre seguía indomable. Algún guardia aseguró después que por el rostro de este ser que esperaba la muerte cruzó varias veces una sonrisa y hasta alguna carcajada. Nadie le creyó.
“No merece la libertad un ser humano que no la quiera defender”. Y , mientras pensaba esto, Jacinto Canek se incorporaba, abría los brazos, miraba hacia la luz que entraba por la alta ventana, y sentía una gran satisfacción y orgullo de su persona. Todos sus pensamientos, la obra de su vida, el por qué de sus acciones, se encaminaba a conseguir su libertad, y la de los suyos. ¡Pero acaso fue más difícil hacerles darse cuenta de que eran prisioneros sin cadenas, que, a la menor señal de la presencia de un español bajaban la cabeza, sometidos, tanto en cuerpo como en alma, ante quien ellos identificaban y auténticamente creían que era superior por su piel blanca y su idioma diferente!.
¿Cuántas veces le indignó a Jacinto el ver bajar las cabezas de sus hermanos de raza, de esos hombres y mujeres fuertes, conocedores de la tierra y de los más diversos oficios, ante el alzado español, que caminaba sobre sus espaldas? ¿Cuántas veces se enteró de que un hombre blanco había mancillado la virtud de una hermosa mujer maya sin que pague con su vida la afrenta y hasta se le agradecía si la mujer resultaba preñada?
Jacinto Canek había nacido libre y seguiría siéndolo hasta que el poder español le arrancara la existencia, pero la verdad era que, más allá de la vida, no le podrían arrebatar nunca su dignidad. Su rostro dejaba ver una mirada enigmática al recordar a aquellos blancos que habían muerto en sus manos, suplicando compasión mientras las fuertes manos de Jacinto le apretaban la garganta.
Podían encerrarlo y matarlo cien veces, nadie le podía quitar la satisfacción de haber matado, en justa lid, a varios de los que se consideraban a sí mismos como superiores a los mayas.
El precio que sus seguidores habían pagado por su dignidad era su sangre, pero, a pesar de que le dolía en lo más íntimo de su persona la muerte de sus hermanos de raza, sabía que era un costo obligado por alcanzar la libertad. Por momentos se sentía culpable, y lloraba amargamente; luego recapacitaba y pasaba el desasosiego, la tranquilidad lo invadía y, muy a pesar suyo alcanzaba a ver que se hizo lo correcto. Ya el Creador le haría rendir cuentas, pero, hasta donde él sabía, todo se hizo por alcanzar el bien más preciado de toda persona que es su libertad y su dignidad.

LA EJECUCIÓN

Cuando salió de prisión, rumbo al lugar donde sería ejecutado, lo hizo escoltado por soldados de su majestad, pero ni ellos mismos podían dejar de sentir la presencia viril, la personalidad, el paso digno del hombre al caminar hacia su muerte. Todo eso hacia que le temiesen y muy en el fondo, le respetasen. El día le pareció maravilloso a Jacinto. Lleno de sol, de cantos de pájaros, de fragancia de flores, de olores de comida lejanos..
Más de un soldado español le esquivó la mirada por la intensa personalidad de Jacinto Canek. Había algo en él que no lograban descifrar aunque lo intentasen y nadie, durante su encierro, le vio llorar, suplicar, gemir. Era en realidad éste un hombre extraordinario.
Cuando lo amarraron a dos fuertes árboles de la Plaza Mayor de Mérida, Jacinto se preparó para lo peor. Ya había notado al llegar, a los hombres de Dios que vinieron a dar fe de su muerte. Los compadeció. Había que estar ciegos para no darse cuenta de lo contradictorio de sus acciones con lo que predicaban acerca del amor al prójimo y todo lo demás.
Por dentro se rió. Si alguien había ahí que se iba a ir al infierno no era él, sino aquellos que, escondidos tras el hábito religioso lo habían condenado a muerte.
Todo fue muy rápido. Solo lo despertó de su trance el olor de su propia carne quemada con las tenazas al rojo vivo con la que le arrancaban los músculos. Cerró los ojos con fuerza, pero no suplicó. Sin embargo, cuando con hierros le quebraron los huesos, sus piernas no lo sostuvieron más y gimió. Más de uno de los presentes se horrorizaron ante el espectáculo que estaban presenciando y que los rebajaba al mismo nivel que los animales y los tiranos. Jacinto no volvió a abrir los ojos. Los había cerrado para siempre. El humo de la hoguera que quemó sus carnes llevaba consigo un algo extraordinario, mágico, mientras se elevaba hacia lo alto y se esparcía en dirección del viento. Acaso alguien recogería en algún lugar, en algún punto del tiempo, las enseñanzas, la visión de libertad, la búsqueda de la dignidad por la que vivió y murió Jacinto Uc de los Santos, mejor conocido como Jacinto Canek. Corría el año de 1761 en Mérida, capital de la provincia de Yucatán, en la Nueva España.


de Marco Ortiz Cruz.
41 años.
Mérida, Yucatán, México.

1 comentario:

QuarkMan dijo...

Excelente!
Buena introduccion y tratamiento del tema. Me capturo al instante. Quedo corto el relato, deberia convertirse en novela. El personaje es historico y lo merece, semejante al joven Wallace de Irlanda combatiendo contra ingleses.

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