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Ciro Alegría

(1908-1967)

El gran escritor peruano Ciro Alegría Bazán nació el 4 de noviembre de 1908 en la hacienda Quilca, en Huamachuco, provincia de Sánchez Carrión, departamento de La Libertad. Al recibir su padre un disparo, aprovecha la convalecencia para enseñar a Ciro, que entonces tenía seis años, a leer y escribr.
Al año siguiente sus padres fueron a vivir a orillas del Marañón, en la Hacienda Marcabal Grande, que era de su abuelo Teodoro Alegría.

A los nueve años atraviesa los Andes a caballo y acude a Trujillo, estudiando en el colegio San Juan con César Vallejo, que le impactó profundamente: Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro [...] Nunca había visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición que terminó por contagiárseme comentó en sus Memorias.

Pero enfermó de malaria y tuvo que regresar a la Hacienda, continuando sus estudios en Cajabamba, donde conoce al pintos indigenista José Sabogal.

En Marcabal convivió estrechamente con peones, indios y cholos, con los que intimó profundamente. Muchos de ellos eran grandes narradores orales de cuentos, y de esta rica y variada cultura oral le empezó la temprana afición al relato.

En 1924 regresó a Trujillo a continuar la enseñanza secundaria, época en la que, animado por su madre, empezó sus primeros pinitos literarios escribiendo un relato. Se escapó con algunos amigos a Lima para presentarse a concursos, pero sin éxito.

Dos años después, en 1926, muere su madre y Ciro manifiesta su vocación periodística fundando su primera revista, Juventud, mientras continúa escribiendo poemas y relatos. Con algún compañero publicó en 1927 un periódico que llamó la Tribuna Sanjuanista. Le llamaron del periódico El Norte de Antenor Orrego como colaborador, y de éste pasó en 1930 a La Industria de Trujillo.

Ese mismo año ingresó en la Facultad de Letras y escribió la novela La Marimorena. Ese es también el año en que se funda el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), de la que Alegría fue pionero, participando en las luchas estudiantiles que se desatan en la Universidad.

El 7 de julio de 1932 se desató durante ocho días una insurrección popular en Trujillo, la rebelión más furiosa de la historia republicana del Perú, y en la que participó Alegría, que salvó milagrosamente su vida cuando el ejército asaltó el local del APRA y fusiló a cientos de personas. Pero no se libró de ingresar en la cárcel, donde fue brutalmente torturado.

Una vez conseguida su libertad, volvió a ser perseguido, debiendo huír por los Andes durante meses, al cabo de los cuales le encarcelaron de nuevo durante dos años en Celendóín, Cajamarca, Trujillo y, finalmente, en Lima, hasta que el nuevo presidente Óscar Benavides promulgó una amnistía general y fue puesto en libertad en 1933.

Siguió militando activamente en el diario aprista clandestino La Tribuna, intervino en la conspiración de El Agustino y a causa de ello fue desterrado a Chile el 15 de diciembre de 1934.

Para sobrevivir en este país tuvo que ponerse escribir febrilmente cuentos peruanos para la Crítica de Buenos Aires y para las revistas chilenas Panoramas, Crónica social y Palabra. Pero sobre todo escribió su primera novela en Santiago de Chile en 1935, La serpiente de oro, con la que gana el premio Nascimento.

La serpiente de oro exalta la figura de los cholos o mestizos, narrando su lucha contra las fuerzas del río Marañón. Constituye una gesta a través de la cual Alegría contrapone la civilización a la barbarie. Sin embargo, el cholo vive en un paraíso, un mundo cerrado, sin vínculo alguno con el mundo exterior.

En 1936 se contagia de tuberculosis y tiene que ser internado en un sanatorio durante dos años, período de inspirada producción literaria recompensada con premios. Pero vive en la miseria haciendo traducciones mientras concluye su novela Los perros hambrientos, con la que obtiene el premio Zig-zag.

Unos filántropos chilenos le concedieron una beca durante cuatro meses para que pudiera escribir su gran novela El mundo es ancho y ajeno, una de las obras cumbres de la literatura mundial del siglo XX.

Con esta obra cumbre gana el premio de la editorial neoyorkina Farrar & Rinehart Company en 1941, dotado con un sustanciosa suma de dinero. Pero en protesta contra el régimen fascista, se niega a que El mundo es ancho y ajeno aparezca editado en la Alemania nazi.

El premio le permite residir toda la década de los años cuarenta en los Estados Unidos, colaborando en la prensa y dictando cursos de novela en la Universidad de Columbia.

Luego en Puerto Rico imparte cursos de literatura hispanoamericana y después se traslada a La Habana. El diario peruano La Crónica acepta sus colaboraciones, pero a causa de su valiente posición política se las censuran. El gobierno fascista español también censuró una parte de la novela Los perros hambrientos en la edición de Aguilar, en la página 236, correspondiente a la parte final del segundo capítulo, que aparece cortada para encubrir las siniestras y lucrativas actividades de los curas católicos en Perú.

Después de 23 años de exilio, finalmente puede regresar a Perú en 1957, donde es recibido por el pueblo en un estadio con un entusiasmo inaudito.

Personalidad hondamente comprometida con la lucha por la libertad, en 1958 retorna a Cuba, donde reside en la zona guerrillera y recopila material literario para publicar su obra La revolución cubana: un testimonio personal.

Se incorpora a la Academia Peruana de La Lengua en 1960 y tres años después es elegido diputado por el departamento de La Libertad.

Posteriormente asume el cargo de Presidente de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas. Ejerciendo este cargo fallece el 17 de febrero de 1967.

Al morir solamente se habían publicado las tres novelas: La serpiente de oro, Los perros hambrientos y El mundo es ancho y ajeno. Las tres son imborrables testimonios de la realidad peruana, en la que tienen un gran peso específico, cuatro quintas partes, los indígenas.

De manera póstuma se editaron 13 libros juveniles, 4 novelas, 3 libros de cuentos y un libro de memorias. En preparación hay tres libros más: Boceto de un retrato del Perú (escritos periodísticos publicados en Puerto Rico, Cuba y Lima), Mi máquina de escribir (artículos publicados en el año 1933 en La Tribuna aprista) y Breve viaje a través de la literatura. Falta investigar, recopilar y seleccionar muchos otros artículos publicados en Estados Unidos y que seguramente serán materia de varios otros libros.

La recopilación de la obra de Ciro Alegría está siendo realizada por su esposa Dora Varona. Cubana de nacimiento, Dora fue una precoz poetisa que a los 13 años conoció el aplauso del público. Creció entre halagos y fue mimada desde entonces, pero cuando se casó con Ciro optó por convertirse en su secretaria privada. Al enviudar, se quedó con tres pequeños hijos y uno más en el vientre, afrontando un verdadero via crucis para poder mantener a su familia. Trabajaba en doble turno como maestra de escuela cuando ordenando la biblioteca de Ciro se detuvo en un libro sobre la vida de Ana Grigorievna, segunda esposa de Dostoievski. La lectura fue más bien una revelación y a partir de allí decidió dedicarse a recopilar la dispersa y prolífica obra de su marido.

Los perros hambrientos
Las tres novelas de Alegría están vinculadas a la tierra y al agua. En todas ellas hay una lucha por la propiedad de ese metro cuadrado que en este mundo nos corresponde a todos los seres humanos, un pequeño lugar que no tenemos, pese a que el mundo es bien ancho.
Se trata de una novela sobre el mayor problema de los trabajadores peruanos: la propiedad de la tierra. El campesino vive y muere por la tierra. La lucha es diaria por vencer a la agreste naturaleza y, en medio de ella, se plantean las antagónicas relaciones humanas entre los mundos opuestos, que no es solamente el de los hombres y el de los perros (también una metáfora de los primeros), sino igualmente el de los propietarios y los desposeídos, el del pueblo y los funcionarios de un Estado oligárquico, el de los indios y los hispanos, el de los marginados huidos de la ley y la policía.

Pero sobre todo la novela aborda el tema del hambre y su influencia entre los hombres en su relación con la naturaleza y con los animales, simbolizados éstos en los perros. Como los humanos, también los perros se vuelven malos ante el hambre y hasta llegan a odiarse, matarse y devorarse entre ellos. El hambre atrapa y desquicia todas las vidas, enfrentándolos con gran crudeza: Comenzaron a deslindarse fronteras entre hombres y animales, entre hombres y hombres, y animales y animales [...] Este fenómeno lo conocen bien los gobernantes y patrones -amos de calibre mayor-.

Bajo el periodo incaico nunca hubo hambre porque construyeron sistemas de canales de irrigación que desafiaron a las montañas de los Andes, llevaron agua a los desiertos y a los páramos. Los hombres debían entregar un tercio de sus cosechas al Estado que poseía grandes almacenes de alimentos en lugares estratégicos, especialmente en las cumbres de las montañas, dotados de una perfecta refrigeración, y de esta manera estaban preparados para la sequía y las eventualidades del hambre en las guerras y, sobre todo, mantenían bien conservadas las semillas. Sin embargo, con la colonización española esta economía cambia, se vuelca hacia la minería, se favorecen las encomiendas dando origen al gamonalismo latifundista.

El gran drama de Los perros hambrientos es también la tierra, despiadada si se cierran las compuertas del cielo para quienes no tienen otra forma de riego que aguardar, con los ojos al cielo, la primicia de la bondad ecológica, lo que no ocurre con los gamonales que tienen las acequias.

Alegría empieza describiendo la vida cotidiana de una familia campesina de pastores y agricultores andinos en la serranía norte del Perú, entre el páramo andino y la cordillera, y termina devolviendo la paz perdida por la sequía, en donde el hombre desempeña un papel pasivo frente a los designios de la naturaleza. El relato se alarga para crear suspense e interpolar una buena cantidad de relatos orales que contribuyen a dar una atmósfera de profundidad a la novela.

Todos los elementos de la novela, la naturaleza, como los animales, como las personas, son crudos. Si en la Serpiente de oro hay que vencer la bravura del río y despojar a la selva de su virginidad a través de alguna industria floreciente, condenada a la venganza de la naturaleza, en Los perros hambrientos hay que desafiar una prolongada sequía.

El paisaje que describe es inclemente, lóbrego y despiadado por el rigor de la naturaleza, anunciando desde el principio el gran drama del hambre. La soledad de la pobre pastora le hace dar animación y vida a los seres inanimados y pretende encontrar en el sol y la luna a un padre y a una madre. Luego aparece el viento, pero no es una brisa que acaricie sino un elemento implacable y agresivo, potente y bronco, mugiendo contra los riscos, silbando entre las pajas, arremolinando las nubes, desgreñando la pelambrera lacia de los perros.

Cuentan historias sobrecogedoras y trágicas como la del cura que enloquece de amor y en vez de dejar en la paz del sepulcro a su amada, la desentierra, desgaja su cuerpo y con una canilla construye una quena que toca enloquecido hasta morir junto al cadáver putrefacto. Se desata una bella, pero también trágica, descripción de una tormenta andina, llega la noche y, con ella, la angustia, en medio de la oscuridad, de ser asaltados por pumas y zorros.

Si la naturaleza es inmisericorde, el hombre no le va a la zaga. A un campesino la gendarmería lo arranca del hogar para enrolarlo en el servicio militar obligatorio y no regresa nunca. Cuando llega la sequía, su esposa va en busca de comida y deja a su hijo al cuidado de un perro y de una oveja. Esta es robada una noche y, al no retornar la madre, el niño se echa al camino y muere de hambre, mientras el perro lo salva de ser devorado por los cóndores.

Un indio expoliado de sus tierras, llega hasta una imagen católica sagrada y quita de la mano de la efigie unas pocas espigas que la adornaban para comérselas crudas, en medio de su atormentada conciencia. Otro día encuentra los despojos de la oveja que unos perros han comido y se los lleva a su casa y aunque con ellos alimenta a su familia momentáneamente, muere también con el estómago vacío.

Aparecen los típicos bandoleros que tanto gustaban a Alegría, que también tienen un trágico final, cercados por la policía y envenenados.

Ante la sequía, el Estado desaparece. Alegría se vale del subprefecto, la máxima autoridad de la provincia, para lanzar una feroz crítica a la oligarquía:

Don Fermín pertenecía a esa serie de engreídos e inútiles que, entre otras buenas y eficaces gentes, pare Lima por cientos, y que ella, la ciudad capital, la que gobierna, envía a las provincias para librarse de una inepcia que no se cansa de reclamar acomodo. Desde luego que su destino no puede ser otro que la fácil burocracia de las subprefecturas y la recaudación de impuestos, y estando allí, tratan de allegar dineros por todos los medios para después retomar a Lima, despilfarrarlos en trajes y burdeles y trajinar otra vez en busca de colocación.
Las pequeñas desgracias aproximan a la más grande de ellas, la sequía y el hambre. Ante la desesperación, los hombres se mataban en las tomas de agua disputándose a tiros y puñaladas el escaso caudal que lograba reunir el río. Los perros al ser condenados a media ración de alimentos por sus dueños empiezan a vagabundear de noche en busca de comida. La encuentran en las jugosas mazorcas de maíz en una chacra del hacendado, pero los propietarios les tienden una trampa y mientras uno de ellos cae atrapado por una gran piedra otros son cazados a balazos.
Ante la furia de la naturaleza, el hombre ahoga con sus propias manos a los cachorros recién paridos por su perra, roba las semillas y las esconde porque no importa que la gente muera de hambre: lo que no debe morir nunca es la semilla.

Pero las calamidades naturales no atacan a todos igual. También aquí hay clases sociales, incluso entre los perros. Aun cuando la sequía vuelve peligrosos, vagabundos y hambrientos a todos los perros de los campesinos y en su mayoría terminan muertos, la suerte de los canes de la hacienda es diferente. En primer lugar disfrutan de una condición de privilegio, no se sabe si la comida les escasea, pero sí se oyen de vez en cuando sus ladridos altaneros y prepotentes. En una clara toma de partido por los perros pobres, Alegría siempre pinta a los otros como asesinos.

Los hambrientos acuden a la casa del patrón y le exigen desesperadamente algo de comida y que, por favor, el encargado del cementerio no les cobre por los entierros para que las almas de los difuntos, que crecen día a día, se puedan salvar. El patrón, dice que no puede meterse en las cosas de la iglesia, ni tampoco darles comida, porque no queda nada, ante lo cual deciden invadir la despensa. Les recibe una descarga de balazos, tres campesinos caen acribillados y los demás huyen.

Pasan largos meses hasta que llega la lluvia. Han muerto muchos hombres y muchos perros, pero la vida renace y un campesino superviviente rescata las pocas semillas que ha arrancado al hambre. Con la lluvia vuelve de nuevo la vida y, sobre todo, la comida.

Pero no cabe duda de que Ciro Alegría será simpre recordado por la gran novela El mundo es ancho y ajeno, en la que narra la explotación del proletariado indígena peruano con aliento épico, no sólo por la brutal descripción de los atropellos de la oligarquía peruana, sino por el desarrollo de un estilo narrativo personal, en el que tiene gran influencia la cultura popular autóctona de Perú. En la etapa que vivimos de falso indigenismo, la lectura de esta epopeya constituye, junto con Los de abajo del mexicano Mariano Azuela, los acertados análisis de Mariátegui, El tungsteno de César Vallejo e Hijo de hombre del paraguayo Roa Bastos, un arma trascendental de lucha para desarrollar un análisis clasista de la condición del proletariado indígena en el Perú y, en general, para comprender la identidad nacional de los pueblos latinoamericanos.

La lectura de El mundo es ancho y ajeno es imprescindible porque nos abre los ojos de la conciencia para comprender todas esas situaciones que los falsos indigenistas de hoy día tratan de silenciar. Alegría no nos describe un indio arcaico, sumiso y degradado, sino un trabajador dotado de una alma de extraordinaria sensibilidad que se enfrenta a la voracidad y la rapiña de los gamonales.

Fuente: Antorcha
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