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Al final de la noche

— Apaga la luz, anda. Ven. — dice la mujer. Un dedo nudoso y limpio apaga la luz —. De este lado no puedo dormir, hay un hoyo. ¿Te molesta? Y por Dios, no fumes todavía. En la mesita de noche están los recibos de la electricidad. Cierran a las diez.
El hombre cojea; está desnudo.
Desde la calle llega el ruido habitual de los autos, un poco espaciado pero igual de incómodo. La mujer se voltea sin abrir los ojos y dice con otra voz.
— ¿No tienes sueño? Si tomaras las pastillas…
El hombre se ha sentado en el borde de la cama con los antebrazos sobre los muslos. Con la luz apagada la habitación parece más pequeña y las paredes infinitamente elevadas.
― Esto es como el fondo — dice el hombre.
― ¿El fondo? ―. Abre los ojos, apenas si puede descubrirle parte de los hombros y la cabeza. Piensa que esa cabeza era hermosa.
― Me gustaría vivir en otra parte ―. Desliza su mano izquierda sobre la colcha y palpa una pierna arqueada, aún dura.
― Ya conseguiste lo que querías. Esto.
― Un lugar donde haya caballos.
La mujer descorre la colcha.
― Acuéstate. Abrázame.
― Voy a fumar. ― Se levanta y va hasta la mesita de noche. Toma un cigarro y lo parte en dos ―. ¿Has visto la fosforera?
― En el marco de la ventana.
La llama de la fosforera ilumina un rostro comido, sin expresión.
― Creo que alguna vez te lo dije, me gusta el campo. ― Expulsa lentamente el humo y se recuesta a la pared ―. Los caballos…
― Por la mañana compras una revista. No, dos.
― Siempre se le olvidan los comprobantes de liquidación. — Se asoma a la ventana y mira decepcionado las filas de vehículos que a esa altura le parecen torpes insectos — ¿Dices que cierran antes del mediodía? Tampoco tenemos azúcar para el café. Son tantas cosas.
― A los caballos los puede matar un picazo de abeja en la nariz ― dice la mujer y luego bosteza ―. Muy delicados.
El hombre regresa a la cama y se acuesta sin cubrirse.
― ¿No te tapas?
― ¿Para qué quieres las revistas? Compra una.
― Me aburro por el día. Tú matas las horas en el dominó y con tus amigos. Apaga el cigarro, ahogas.
― Un caballo es como una visión. Siento un gran alivio cuando pienso en esos animales corriendo en grupo. Presta atención. Debo confesarte que nunca me montaría en uno de ellos —hace una pausa—. Ese no es el problema: soy un inútil. ― La mujer se ha quedado dormida ―. Y también tienen los lomos fríos, creo. Una vez le acaricié las orejas a la potra del zoológico. Una vez hace años. Fue un hallazgo. Pero un caballo no es lo mismo que una yegua. ― Termina el cigarro apagándolo contra el bastidor ―. ¿¡No hay fotos de caballos en las revistas!? A lo mejor… ― Un leve ronquido lo interrumpe ―. Sí, esto es el fondo. ― Queda en silencio unos segundos, acomoda la almohada y luego murmura ―: El tiempo es una trampa.




Autor: Manuel J.R. Milán
País: Cuba
Edad: 32




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