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Sueños de un escritor

Pase a buscar a Melina (que se hacia llamar Marla) para ir al cumpleaños de Sabrina, lo cual era bastante idiota porque vivía en el departamento de enfrente. Toco el timbre, que me sorprende de movida, cuando en vez de hacer algún ruido típico, pega un alarido que quebró la uña de mi dedo meñique que yacía en el suelo, por suerte me agache y lo pude enroscar devuelta en mi mano. Me abrió la puerta Federico Andahazi, lo cual era extraño porque Melina (o Marla) era Martínez, y sobretodo porque no conozco físicamente a Federico Andahazi, mas sin embargo no tenia dudas que era él. Me recomendaron hace un tiempo su libro “El Anatomista”, pero ni siquiera lo abrí porque tenía ya otros libros en lista de espera, así que no explico por que sentía admiración. Quizás porque es reconocido como psicoanalista y escritor, cosas que básicamente añoraría. Ahora recuerdo que Mely, fue la que me recomendó el libro.
Hablo con él, porque Melina, como si fuese realidad, tarda en aparecer. Me quedo hablando con su padre, nadie me lo dijo, pero Federico hacia de padre o bien de amante de la simpática madre de Marla, creo, por respeto no indague. Lo primero que sentí fue vergüenza de tener por primera vez un escritor frente a mí y no conocer su obra. Me sentía mal, con timidez y culpa. Él solo se reía porque notaba mi incomodidad y yo no le interesaba como lector. Después de siglos apareció Marla, que vendría hacer Melina, mi amiga y compañera de mis primeros años universitarios. Nos retiramos hacia la casa de enfrente, no le digo nada a Federico, pero él acepto mis disculpas.
Cruzamos y a diferencia de lo que esperaba para estos momentos, Sabrina es Sabrina y se hace llamar por ese nombre. Todo parecía normalizado, salvo por el hecho de que su familia era otra. Hasta que dijo lo que dijo.
- Bueno mi viejo como todos saben falleció, Fontanarrosa.
No me llamo la atención que se halla referido así a su padre, como quien habla de un tercero lejano, como alguien del que hablan todos porque esta de moda. No atine a contenerla por la muerte del padre, sino que me indigne, sentí dolor en mi cuerpo.
Le repetía una y otra vez, como no me había avisado que su padre era el negro. No se si llore, pero la sensación era parecida. Sentí que perdí algo que nunca tuve, pero que podía haber tenido. Es como si por mi memoria pasaban todas esas visitas interesadas que hubiese hecho. Caí de rodillas, como alguien derrotado con un gol agónico en los últimos minutos de partido o como quien recibe un tiro en su espalda. Ambas me consolaron y luego todo se fue esfumando, como cuando nuestros ojos se llenan de lágrimas y lentamente todo se va de foco, toco pierde su forma original para irse transformándose en otra cosa.
Para cuando pude volver a distinguir formas concretas, muy de a poco, como cuando el agua se vuelve mansa después que es pisada por algún zapato, me vi en un segundo piso (que era raro porque la casa de Sabrina no lo tenia) y me asomaba por entre los barrotes de la escalera, descendiendo un par de escalones silenciosamente, para ver de a rebanadas, las imágenes que me estaba contando Sabrina, para consolarme.
Era una charla de ella con su padre, no escuchaba el contenido de su charla, que en si era lo único que tenia, lo que Sabrina me relataba. Yo solo me detenía en el Negro. Era joven, por lo menos 20 años antes de su muerte, quizás 30. Tenía una barba perfectamente cortada, unos ojos dulces, cómplices que se reían independientemente de las muecas de su boca. Quise aguantarme, pero no pude y Salí disparado a abrazarlo.
Cualquiera hubiese pensado que era imposible, que yo solo estaba imaginando con falsas imágenes los recuerdos que ella me contaba, que fácilmente todo se iba a esfumar en cuanto baje tres escalones más, pero no, nada de eso. Ingrese en el recuerdo y la que se esfumo fue ella. Lo abrase y lo sentí entre mis brazos, como quien siente que abraza una nube. Tenía miedo que todo se extinga de inmediato, por lo que empecé a vomitarle todos los elogios que me venían a la cabeza. El primero me refreno con unos cuantos –Si-, -Gracias-, -Bueno- y sujetándome con las manos, como quien quiere que un cuerpo no se desarme, me tomo de los hombros trasmitiéndome calma.
Me invito a sentarme. Sabrina había desaparecido. Nos sentamos en un Futón con una mesa sin nada enfrente donde rápidamente y no se cómo, aparecieron unos esbeltos mates amargos que sabían dulce. Parecían tener algo más, café, quizás cascara de naranja rallada.
No había nada, más allá del sillón y de la mesa. De fondo, un ventanal que nos mostraba la intimidad de una pradera verde y fresca, como si fuera virgen y joven.
No se cuanto duro la charla, pero fue el sueño mas feliz de mi vida o por lo menos, de lo que recuerdo de un tiempo a esta parte. Charlamos un rato, no puedo especificar cuanto, solo se que le conté las cosas en que intentaba imitarlo, en mi paralelismo constante cuando lo leía con Woody Allen y creo que también, le pedí que me cuente como hacia para escribir. Le dije varias veces que me cagaba de risa con sus libros, creo que más de una vez lo repetí porque sabia que era lo que él quería escuchar. El con la mano sobre mi hombro y con una vos lenta y muy suave, como la de una flauta dulce afinada, me pidió que le muestre lo que escribía y ya sin sorprenderme aparecieron todas las cosas que escribí en mi vida, en la mesa de enfrente, vimos varias. No emitió opinión, pero las leyó interesado, quizás solo por ser cortes, por ser educado. Yo lo miraba y aunque les parezca mentira no me interesaba su opinión, estaba muy ocupado, gastando todas mis energías (como si supiese que fuese un sueño a punto de terminar) en recordar para siempre esa imagen del Negro sonriente leyendo alguno de mis garabatos.
Me desperté despatarrado en la cama, cinco minutos antes de que me grite la voz mecánica del despertador. Cuando quise prender el velador tire sin querer el libro de Fontanarrosa “El mundo ha vivido equivocado” al piso, lo levante y me reí, porque al verlo recordé su imagen leyéndome contento y sentí como si le ganaba una pulseada al destino.
En vez de desayunar, me recosté sobre la mesa y escribí mi sueño, un vicio que me quedo por los pedidos de mi psicoanalista, para posibilitar su análisis. Con el tiempo descubrí que eran buena materia prima para los cuentos, sobretodo porque nada era mas mío que mis sueños. Lo titule “Sueños de escritor”.
Mire el reloj de re-ojos y eran las 5 y media, tenia que salir de casa, sino quería llegar tarde a la conferencia. Doble el relato y pensé en sacarles fotocopias para regalarse a Sabrina y Melina. A las 6 estaba con un café en la mano esperando el tren en la estación “Lemos”. Estaba leyendo “El Anatomista” de Federico Andahazi.


de Jorge Galeano
e-mail: jorgegaleano86@hotmail.com

1 comentario:

Anónimo dijo...

Soy de los pagos de Fontanarrosa y es un orgullo, te lo puedo asegurar. me parecio interesante tu cuento, y se refleja claramente tu admiración por el negro y la pesadilla que fue para vos, y lo es para muchos, la cruel realidad de que, lamentablemente, ya no esta entre nosotros.
te invito a que leas mi poema, esta publicado justo abajo de tu cuento. Y si queres, dejes tu opinión. Gracias.
Damalis

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